Relatos

A ORILLAS DEL NALÓN

 

Mientras desciende por la sinuosa pendiente que le lleva a las orillas del río, percibe la permanencia irremediable de los olores de la malva, la hierbabuena y el romero, que ponen un límite exacto a esa noche que se desperezará como oscura y delicada flor muy solitaria. Y  llenos de infinita sencillez se acercan para acompañar su niñez desarmada. Sin horror a ninguna temida soledad hambrienta, no sancionan ni atormentan a nadie. Muy cerca de la vieja estación, punto de partidas y costa de tantos arribos, tal vez quieran decirle que ya habrá pasado  el último tren.
A tres pasos de la estación del ferrocarril, el río Nalón, bruñido y crepuscular espejo, duerme silenciosamente sus aguas. En ya la cercana noche su fantasmagoría representará, como siempre, los sueños y los temores de tanta gente indefensa. El río, repitiendo el murmullo anónimo de las historias vertidas en su callada soledad, agoniza su cálido sobrevivir que lo redime.

El río sigue sin hacer ruido, como quien habiendo salido a un recado regresa. Y un niño en el umbral de una casa sin cimientos cena el arroz con leche de una fiesta largamente esperada. A lo lejos se vuelve a oír a la pequeña orquesta: "Y así sabrás por qué mi canción se siente sin cesar."

Pero la luz se apaga a plomo, en tres momentos ordenados, como cuando cae el telón en los espectáculos. Desde aquella atalaya sobre el río se siente vinculado a las aguas aún en el fondo no desdibujadas. Y la corriente que mantiene la vida del río entra en él con sabiduría, paciencia y lentitud.

Y, allí, lugar de amor, a orillas del río, sombras de silencio y ternura posan una larga noche de incienso sobre los nombres de sus padres que tan inesperadamente retornaron del hambre al silencio.Y cuarenta años, por lo demás, son muchos años para él, para luego tener que retornar a la primera intemperie.

 

SORPRESAS

 

Colás era otra vida, otro mundo que, aún pasados los años, sorprendería como paradigma de toda una época donde sólo unos pocos no se conformaban con lo que les ofrecían. Su lejana imagen, turbulenta, singular y lúcida, sigue tomando posesión de un largo espacio en la historia de su pueblo.

Repentinamente, un día, las cosas cambiaron en el pueblo, En un segundo, el rumor se convirtió en noticia que se extendió como la pólvora. El cacique del pueblo, más temido que el mastín del que siempre se acompañaba, iba a casar a Colás con su hermana viuda. El escándalo estaba servido.

Colás había desaparecido del pueblo. Y todos se pusieron de acuerdo. La cencerrada resultó implacable y rotunda, un memorial de la pasada guerra, revivida ahora sin armas pero con tanta  ira.

Inesperadamente la noche tercera de la cencerrada, Colás subía por la pendiente del pueblo. Y ya cerca, tan pronto como oyó "¡ bomba va!", coreado ahora por la guardia civil, no se le ocurrió otra cosa más que responderles con "¡bomba viene!" . Salidos de su escondite, fueron a por él. La paliza que le dieron hizo resonar todas las contraventanas del pueblo. El viejo cura bajó hasta el calabozo. Dicen que Colás le dijo: "Por alguna parte tienen escrito que bien conviene que uno se fastidie si es por el bien de los otros".

A Colás le robó su personaje. Pero los años vinieron a darle razón. La mayor riqueza de un pueblo reside en la capacidad de su gente. Con él fue posible la paz en aquel pueblo.

 

OLVIDADOS

 

Un valle inmenso acuna a la villa de Grado con la suavidad de un paisaje que se alimenta de bellezas y sombras. Y la belleza del paisaje adquiere en Grado un rostro muy humano. Aunque la gente es muy sabedora de que aquí también se dan excepciones.

Y una excepción la puso de manifiesto la anciana que, de modo muy inesperado, había venido a consumirse en el recogimiento de Grado,y de quien nadie sabía dar detalles Nadie tenía la menor idea de si lo había hecho por propia voluntad o si había sido abandonada por alguien. Tarde, mal y cuando ya no se podía hacer nada, se fue acrecentando el misterio en torno a la anciana.

Aquel otoño, unos pocos siguieron sus pasos, lentos y acompasados, hacia el parque para compartir horas y horas de silencio con su gato. Pero la lluvia se adelantó aquel otoño. Y la anciana se quedaba en casa, aunque se asomaba a la ventana de vez en cuando, pero como no queriendo ser vista. Tal vez sólo lo hiciera para ver por dónde andaba su compañero de penas.

Nadie reparó en una muerte tan silenciosa. Fue una mañana, cuando en Grado se escuchaba el silbido del tren que se iba, y la sirena de la “Moscona” daba las doce del mediodía.

Pero los vecinos sí se pararon entonces a condenar la brutalidad del vecino que de aquella manera había matado el gato. Éste había sembrado la quintana del vecino con una infinidad de correspondencia. Y los vecinos pudieron entonces enterarse de esa manera del abandono que tuvo que hacer la anciana de su José, amor de su vida,  para atender a su hermano vicario en otra provincia sólo mientras le fue necesaria. Y todos pudieron desde entonces contar toda una triste historia de soledad y abandono. La libertad exterior de otros le  había  exigido la esclavitud interior a aquella silenciosa mujer. Su nombre terminó conmocionando durante muchísimo tiempo la pena oscura  de la  sirena de Grado .

 

MOMENTOS


UNO

La mujer más piadosa de la parroquia llega al atrio de la iglesia, encuentra al niño que lleva allí horas sentado y esperando a que la abran.

“-¿Todavía no ha llegado ninguno de los niños de primera comunión?.”

Pero el niño piensa que aquella mujer, sin embargo tiene que conocer a su madre que con tanto amor, en una cama del hospital, le ha hecho su traje de azul mahón.

Hay quienes tienen la suerte de ver con más claridad a Dios que lo que tienen ante los ojos.


DOS

Junto al río Nalón, frente a la estación, en la colina más cercana, masa de lo que se calla al aire libre, contando por los dedos, el niño deshace nudos de rubio trigo que el tren traería  de Trubia sin embargo  convertido en pan negro.

¡Qué sencilla expectación entre la tristeza de la colina y el humo hambriento del tren! Cuando el vacío se adueña de lo real, la sinrazón se instala en el corazón.

 

BODAS DE HAMBRE

 

El niño  tenía más motivos que nadie para apreciar a su primo. Pronto se había enterado de todo. Le había resultado imposible aprender de memoria la primera línea de los ferrocarriles españoles (“ De Madrid a Irán por Villalba, El Escorial, Ávila…”).Y la maestra le había pegado en las piernas. Al día siguiente, su primo le ofreció su abrigo que a él, sin embargo, le arrastraba. Pero se lo agradeció, aunque la maestra, que no era tan buena como su primo, se lo mandó quitar y le volvió a pegar donde más le dolía. Había sido un gesto más, fallido pero maravilloso, de la persona más buena de pueblo.

Pero todo pasa. Y llegan otros momentos distintos en los que todo lo más apreciado se vuelve tormentoso. Desde la colina junto al río y cercana al pueblo, donde nadie podría advertir que sólo se estrenaba la ropa una vez al año, divisaba medio mundo, mejor, a todo el mundo de los invitados a la boda de su mejor primo. Desde allí bien comprobaba cómo las cosas se desarrollaban más o menos como él se temía. Todos se estaban hartando. Pero esto no era lo peor. También sentía hambre de razones y, cuando más distante estaba, más intensamente sentía esa necesidad .Hasta llegó a pensar que la orquesta Venus no era tan buena orquesta cuando se rebajaba a tocar en una boda así. Sin duda, todas las gardenias de Machín caían sin ilusión alguna en el blanco y negro de aquel local cerrado. Ya nada era lo que había sido.

Desde allí todo lo contemplaba. Lo que deseaba saber, y lo que no podía hacérselo saber a nadie. Bien sabía que Dios no nos envía las cosas, las cosas sucedían. Pero el canto de aquel cercano malvís que le acompañaba era tan desfallecidamente triste como para  tener que resignarse y compartir su desdicha. Sin duda también el malvís  confundía el amor con el hambre. ¿Qué le estaría pasando a aquel malvís? Y la música venida de lo lejos fue enmudeciendo. No debería exagerar su soledad, pues, como observaba en su  triste compañero , casi todo en la vida se comparte.

 

EXISTE EL DIABLO

 

Balbina estaba sentada en el ya deformado y viejo poyo. El niño decidió quedarme un momento con ella. Era una anciana que creía en los diablos y que éstos andaban muy sueltos.. Una noche, le dijo, le habían sacado las patatas que por la tarde había sembrado. Otra noche le habían asaltado por haberse atrevido a ir a la fuente a horas intempestivas. Aunque ahora, en tiempos normales, sólo se atrevían a hacer la guerra a unos pocos. Hacía poco tiempo, sin embargo, le habían llevado la vajilla, algo vieja pero de mucha estima.
La lluvia amenazaba. Y lo mejor para ella era resguardarse. Pero antes de retirarse le indicó el cerezo  que podía trepar para coger las cerezas que quisiera. El niño estaba seguro de que de ese modo quería agradecerle la atención que le había prestado. Pero no me atrevió, pues su vecina estaba recogiendo las berzas de junto al árbol.

Al día siguiente, el niño se sintió perdido en una aventura sin guía, arrastrado por una especie de violencia interior que iba en aumento. Le zumbaba la cabeza al pensar que Balbina pudiera haber muerto de disgusto. Y, además, su tía estaba convencida de que Balbina había sido la que había robado las berzas.

Desde entonces estuvo convencido de que en aquel pueblo no sólo existen diablos, sino  también un infierno, frío lugar donde yacen los restos calcinados del desamor.

 

SOLEDADES

 

Con razón, pensaba yo, alguien había dicho  que se sentía más cerca de un ateo profundo que de un creyente superficial.

- No hay derecho a que le dejen enfermar y morir en este abandono- le dijo el médico del pueblo, con tanta fama de ateo como de humanista.

-Tal vez esté recibiendo lo que me merezco- le respondió el anciano y casi agonizante sacerdote.

-¿De quién? A mi bien me echan en cara sus fieles el bien que usted ha hecho. Pero dejemos esto, ¿ a quién puede aprovechar esta soledad? Si los curas dejasen de buscar a Dios donde ya no existe para encontrar otros sitios donde quizá esté vivo, alguno estaría ahora acompañándole.

Pasados los años, entiendo ahora muy bien lo que en el pueblo se decía de aquel médico: sabía escuchar en el dolor humano y en la necesidad del enfermo.

 

EL CÍRCULO DEL TIEMPO

 

Serafín no se lo podía explicar de ninguna de las maneras, ni tampoco tenía ahora tiempo para ponerse a filosofar en el tren. Lo único que le importaba ahora era encontrar pronto a su hija. Sin embargo, era verdad que viajaba con la sensación de como si el círculo del tiempo se agrandara para muchos y, en cambio, para otros se acortara.

Su esposa había muerto sin dejarle un mensaje, sólo con otra última imprudencia. Y seguro que había muerto sin llegar a saber si su vida había sido un sueño o si ella misma era la que soñaba. Indudablemente, debió decirle a la chica unas cuantas tonterías de antaño. ¿Para qué le habría de servir el desconcierto de propia hija si ya había logrado la derrota de su marido?

En unos minutos estaría en Pravia. Y no sentía necesidad de preguntar nada a nadie. Estaba muy seguro de que  encontraría a su hija en aquel mismo salón donde conoció a su madre. Y lo único que le desasosegaba  era el tener que volver a escuchar a Machín tan meloso y siempre allí cantando, mientras su esposa todavía permanecía extasiada en sus brazos dorando tantas de aquellas sus entresoñadas  fantasías.

 

LO QUE NO ENTENDÍA EL NIÑO



- Mamá, te ayudaré todo lo que pueda. Demasiado pronto llegó lo que tú más temías- le dijo el niño a su madre la misma tarde del entierro.
- Déjalo ahora. Vamos a darnos un respiro. Tarde o temprano tenía que suceder esto. Mañana hablaremos.
- Pero no te amargues, mamá. Bien te oí hace días que  le decías que si no le importaba dejarte peleando sola con todos y con la casa. Pero no hablemos ahora más de él.
- ¿Nos has escuchado?
- Mamá, si se lo decías todos los días.
- ¿Y a ti qué te parece? Pero creo que no has entendido nada, pero es que nada, hijo.
- Últimamente, la verdad, es que papá no te echaba una mano.
- Pero ya pasó todo-le dijo la madre un tanto aliviada.
- No lo acabo de entender. Hoy has dado muchos gritos… y ahora…
- Déjalo, no vale la pena. ¿Por qué me haces estas preguntas?
- Porque te veo mucho más tranquila, mamá.
- Hice lo que tenía que hacer. Tú padre bien se lo ha ganado a pulso todo esto.
- ¿Y por qué el sacerdote dijo eso de alcohólico?
- Porque es muy mayor, hijo, y está ya un poco pasado. Tu padre era simplemente el mayor borracho del pueblo.
-Por favor, mamá. hoy no hables así.

 

NI YO MISMO ME ENTENDÍ

    

Hoy he pasado la tarde entera en el parque con mi amigo Antón. Nunca había visto el parque tan triste.Aunque sabía que mi amigo venía desde hacía unos meses dándole vueltas y más vueltas a su cabeza. Tras la muerte de su padre habíamos tenido poco tiempo para charlar amistosamente. Y lo que más me preocupaba era el verlo sin ninguna de las sonrisas de antes. Lo conozco muy bien. En realidad, lo único que le viene preocupando ahora es poder convencerse de que efectivamente Dios actúa, y, aunque no lo haga muy soberanamente, al menos no sea indiferente a la desdichas de cada ser humano. Pero para su mal, entre ese "totalmente Otro" y, sin embargo, "intimior intimo meo", toda su posible concordia era sorprendida por la desbandada de todos sus argumentos.

Yo no soy tan  buen cristiano y estoy seguro de muy pocas cosas. Pero hoy, en cambio, persuadido de que él en su espejo interior me veía irreconocible, en un movimiento reflejo, le dije: ¿Cómo me preguntas eso a mí? Me resulta muy extraño. No quisiera ahora tener que recordarte ciertas cosas. Sin embargo,  tu padre llegó de tan lejos a  casa, bien lo sabes, cuando no lo esperabas, el atardecer de aquella noche en que  esos dos bichos iban a por ti.El susto que se llevó él te salvó a ti.¿ Es así, o no? A la mañana lo tuviste  que ingresar ya moribundo  en el hospital. ¿ Y me haces tú aún estas preguntas?

Estuve una  media hora más con él. Ni él ni yo hablamos más. Tal vez ya no me haga más preguntas. La verdad es que  ni yo mismo   me  entendí.

 

SORPRENDIDA CONCHA DE ARTEDO

 

Las aguas de La Concha de Artedo ya no representaban en aquella tarde plomiza ningún sentimiento con facilidad identificable, y ni siquiera parecía mostrar interés alguno por aquel pequeño grupo de siete personas tan enlutadas que al caer la tarde, sorprendentemente, se asomaba a  tan bella playa. Pero ni tampoco yo encontraba una palabra que me pudiera explicar aquel cortejo fúnebre, gris y doliente, que  tal vez venía a desahogarse en aquella paz mayor. Pero al poco tiempo pude comprender que se trataba de una familia. Y las lágrimas de la mujer más desconsolada parecían seguir, sin duda, cayendo sobre la fosa de algún cementerio cercano. Y  logré  por fin comprender algo más escuchando a la mujer más afectada: "Hija, tu pobre padre ya no te podrá decir nada".

La madre y los otro cuatro jóvenes se fueron difuminando hacia la izquierda de la playa, mientras la tristeza hacía miles de comentarios de piedra. Pero la hija con su joven pareja, sin tiempo a perder en otra cosa, se pusieron a hacer el amor sobre aquella mesa de piedra que La Concha de Artedo les ofreció con aparente frialdad a su derecha.

A veces los humanos nos hacemos más incomprensibles que la misma realidad. Al menos eso parecía comentar la mar, pero como sin tener tiempo para pensárselo mucho. Pues las olas se superpusieron y volvieron su cabeza  prefiriendo seguir soñando con aquel desconocido violonchelo que les venía a distraer aquella tarde con una tan lenta música de Mahler.

 

LA ENVIDIA Y EL HAMBRE

 

El niño acababa de cumplir los cinco años. Pasado mucho tiempo, no podría ahora olvidar aquel momento como se olvidan muchas cosas más. Aunque ahora no pueda en absoluto describir con cierta justicia lo que significaba y era aquel hambre de los años cuarenta. Tampoco podría recordar cómo había tomado aquella resolución. Muy anciana ya, Sagrario, a pesar de tantos achaques y olvidos, aún lo recuerda todo con pelos y señales. El niño llegó a su tienda con su hermanita de meses en brazos. Y con una impropia seriedad y firmeza, le ofreció a su hermanita a cambio de una caja de galletas que él muy bien sabía dónde habían estado colocadas.

Lo que sí recuerda ahora nuestro  adulto, después de tantos años, es que aquellas cajas de galletas se habían marchado de allí en un abrir y cerrar de ojos; así como el gesto de doña Sagrario recogiendo a la niña para llamar a su madre y mirándole a la vez como si él quisiese empezar a lloriquear. Esta pequeña tienda  sigue teniendo para él  tanta ternura como tristeza.

 

INESPERADA UNCIÓN

 

Hay días en los que uno no puede soportar la verdad respecto a su conducta. O eso era al menos lo que pensaba el sacerdote cuando llegó aquella desconocida mujer a llamarle con tanta urgencia. Con rapidez salió tras ella para atender a la persona que se estaba muriendo. Por las señas que le daba la mujer, deducía que se trataba de aquella anciana, un cadáver en vida, que un señor paseaba tristemente todas las tardes. La gente creía que era su hijo, pero él bien sabía que no era así.

Al llegar a la casa, la mujer se quedó a la puerta. Y el sacerdote, al verlo todo abierto, se atrevió a entrar en aquel oscuro sótano. Confuso, pensó que el hombre tal vez no hubiera llegado, o se hubiera ido a la farmacia más próxima. La suciedad lamía las paredes y el mal olor lo escupía todo. En un abrir y cerrar de ojos, vio lo que nunca hubiera esperado. El hombre estaba acostado con la moribunda. El sacerdote dio media vuelta y en silencio salió a toda prisa.

La mujer que estaba a la puerta esperándole rompió el silencio: "¿ Por qué se lo toma así?", le preguntó. "¡Si no hubiera venido!". Pero la mujer insistió: " No sea usted cobarde. Nadie está fuera del alcance de Dios. No sacrifiquemos la grandeza de esta tristeza. Tal vez sea este triste y sacrificado amor la más admirable extrema unción que haya visto."
Aquella mañana, inesperadamente, una desconocida mujer   pudo poner  nombre a la verdad.

 

COMUNICACIÓN AUTÉNTICA

 

Ni el joven médico, ni el sacerdote casi misacantano, tan desorientados aún en sus primeros cargos, se entendían ni lograban poder tener una conversación entretenida mientras andaban aquellos doce kilómetros hasta la casa, allá en la cima, de aquella anciana tan enferma. Podía afirmarse, por otra parte, que era su primera aventura. Uno  hablaba de sus estudios en su Fonseca del alma y el otro de los suyos en el seminario, pero uno no conocía Santiago y el otro no había estado nunca en Oviedo. Por fin llegaron a su meta. Y la anciana, que se estaba muriendo,  aún tuvo arrestos para preguntarles:

-¿Cómo se llama usted?, señalando al médico.
 -Manuel, le respondió.
 -Con este mal tiempo, don Manuel, no venga usted más. Si el señor cura se empeña, recétele lo que crea usted conveniente, pero usted no venga. Y fíese de este señor cura. En este pueblo nadie sabe mejor que este cura lo jodida que yo estoy.

Los dos pudieron observar cómo las palabras de la anciana, en aquel instante , dejaron pasar por las rendijas del ventanuco unos rayos del sol que tan tarde aquel día iba saliendo. Se despidieron amablemente de la enferma. A la vuelta, sin duda, los dos ya veían muy claro que la comunicación, como la sabiduría, era un don de la gente sencilla.

 

ASQUEROSO MOMENTO

 

El niño había cuidado, durante toda aquella larguísima mañana, las cuatro vacas de sus vecinos más próximos. Cuando, por fin, vio el cielo abierto: el ama de la casa se acercaba para recoger las vacas y llevarlas, después de darles de beber, a la cuadra. Al niño le parecían incontables las horas que había estado al cuidado de aquellas vacas y,realmente ,ya tenía muchas ganas de comer.

Pero la señora, ya  a la puerta de la casa, quitó de la boca al chiquitín de la familia el trozo de pan que ya tenía medio comido y  untado con sus mocos, e intentó ofrecérselo al pequeño cuidador de las vacas. El niño dudó un instante. La mujer pareció mirarle como algo extraño. Pero él pronto los dejó y echó a correr como un rayo. Más pronto tuvo que pararse pues las lágrimas compulsivas lo frenaron.

No lloraba ni por el trozo de pan que le hubiera gustado comer, ni por el asco que le produjeron los mocos de aquel otro niño más pequeño. Lloraba porque le habían hecho desnudar en un momento tan asqueroso aquellos sus titubeantes sentimientos  Pero no se lo diría a nadie: si se lo quisiera explicar a alguien, lo deformaría todo sin duda alguna.

 

EL LEGIONARIO

 

A mi primo  no le volví a creer nada desde  entonces. Pero nada de nada.¿ Cómo  podía yo creerle aquella mentira que se fabricaba de El Legionario ? He de decir que yo no entendía por entonces que la palabra "legionario" se pudiera referir a otra cosa sino  al ojo de cristal que ocultaban aquellas gafas tan oscuras en la sombra alargada y misteriosa  de aquel hombre. Más parecía un fantasma que un hombre real En el pueblo nadie se creía las aventuras que  se  comentaban de él. Y tampoco   yo.

Pero a mi primo no le dije nada. Le seguí hasta la taberna del pueblo. Él se acercó y se quedó mirando por la ventana. Iluminado tal vez por la luz que reflejaban los cristales, empezó a sonreír.
-Ven- me dijo-. Yo te auparé.
Pero no necesité su ayuda. Me estiré hasta la ventana todo lo que mis piernas resistieron.
-Y ahora mira bien-me susurró-.Pero que no te vea.

Dirigí mi mirada hacia donde lo había hecho mi primo. Pronto clavé la vista en El Legionario que echaba  la partida con unos vecinos del pueblo. Y, entre colillas, cartas y vasos de vino, observé algo insólito. En un instante tuve una experiencia extraordinaria. Mientras El Legionario se irritaba y más fumaba a la vez, parecía que el humo le estaba saliendo por el ojo de cristal. Me quedé viendo visiones. Pero, evidentemente, aquello no era real. Y rápidamente dejé la ventana.

De  ninguna de las maneras mi primo podría hacerme creer todo aquello. El mismo Legionario lo negaría. He de decir, por otra parte, que por entonces entendía que las mentiras sólo las veían los que querían. Aunque, dada la seguridad de mi primo, yo terminaba dudando: ¿existiría alguna verdad en las mentiras?     

 

DIONISIO

     No

No sabría ahora decir cuál de los dos, si Dionisio o Visita, me había dicho que nunca se habían besado en público. Llevaban unos cincuenta y dos años casados. Aunque por    la enfermedad de ella no habían podido celebrar sus bodas de oro, cosa que hubieran deseado. La verdad es que su mundo no se había perecido a un mundo de soñadores, aunque siempre había tenido, eso sí, cierta magia.   Pero esta tarde, gris y plomiza, no es el momento para las historias pasadas. La tarde estaba hecha para el silencio. Y ,antes de que salga el entierro, Dionisio se acerca y besa  emocionado el rostro de su  difunta esposa. Y el beso parece eternizarse. Como si Dionisio no pareciera estar dispuesto a irse a ningún entierro. Como si alguien en alguna otra parte tampoco.

 

SORPRESA MAYÚSCULA

 

Julián no pasaba por entonces de los catorce años. Había ido a Gijón a pasar unos días en casa de sus tíos. Sin embargo, las mañanas y las tardes las pasaba junto al mar. Y aquella contemplación parecía ser para él la aventura más apropiada y más apreciada para sus sueños más extraordinarios. Hasta que una tarde se encontró con lo que debería destruir enseguida. La vecina iba del brazo del cura de su pueblo. Y, en aquel mismo instante, todos los sobresaltados sonidos de la mar vinieron a por él. Y hasta la silueta de una enorme ola rompió de repente con la extraña amenaza de hacerle invisible.

 

LA MÁS POBRE

 

Una tarde, cuando aún era un niño, me acerqué a su casa casi en ruinas. Y lo hice pensando, como había oído decir a mi abuelo, que  la vida verdadera estaba sin duda alguna en los márgenes. Allí todo era miseria. Nadie en el pueblo había visto entrar a nadie en aquella casucha, excepto a Balbina,la otra pobre de solemnidad y su vecina más próxima. Nadie solía hablar del pasado ni de la una ni de la otra. Enriqueta, que así se llamaba la tan pobre anciana, vivía rodeada del silencio más prolongado. No me  contó nada aquella tarde. Pero sí me quedé pensando que tal vez la solemnidad de aquella pobreza estaba en aquel incomprensible silencio. Hasta que, días más tarde, Balbina se me acercó y  me  dijo: " Déjala. Pues para poder contar su vida con cierto sentido, tendría antes que ser vida humana."

 

CHANO

 

El tiempo de la vida, como el tiempo del mundo, puede ser la historia de nuestros sueños. Pues, sin duda alguna, la húmeda niebla de Asturias, como el desolado paisaje estepario que hoy ha dejado atrás, muy bien  podían representar  todo lo que él había vivido durante estos últimos años. La muerte de su amigo, entre tristes circunstancias o inexplicables coincidencias, había venido a cambiar súbitamente todo. Aunque, esta mañana, en el aniversario de su muerte, no se lo había pensado mucho. Por ello, en este primer viaje suyo al Eresma no se trata de un viaje hacia la nada, ni una búsqueda de luz sobre los escollos entre los que navega.

Pero al llegar a las orillas del río en el que se había ahogado, inesperadamente el cielo se despeja y el río parece que le despierta de un profundo sueño. Desapasionadamente le invita a mirar el correr azul de sus aguas. Y   se detiene para aconsejarle la calma suficiente. Tal vez la realidad nos cambia, piensa. O tal vez tenía razón Adorno cuando decía que el sufrimiento era condición de toda verdad.

Mientras el sol de la siesta , dejándolo todo como nuevo,  enciende sobre   las aguas del río  un pensamiento. Esto le  sorprende mucho. Juraría que esto mismo se lo había escuchado a Chano un día, pero ahora se siente demasiado  emocionado como para recorrer  otras imágenes. Su corazón sólo puede leer lo que tiene ante los ojos:" La muerte, como la infancia, es una manera de ver por primera vez el mundo".

 

EL GATO DE INÉS

 

El mundo de Inés había  sido siempre el mismo,según decía la gente. Pasaba la vida entera en aquella casa, por llamarla así, entre ruinas y restos. Y la hacía en la vieja cocina, pues nadie sabía si en aquella casa había otros huecos. Y por supuesto nadie se explicaba cómo era posible una vida en semejantes condiciones.

Una tarde de domingo llegaron dos desconocidos y entraron en la casa muy seguros tan pronto como Inés no se atrevió a decirles lo que pensaba. Pero ,tan pronto como cruzaron el umbral de la puerta,el gato saltó de entre sus brazos para esconderse u observar las cosas desde  algún otro rincón.

Los dos visitantes eran miembros de una conocida secta. Y pronto comenzaron a hablarle de la Sagrada Escritura. La verdad es que Inés ,según dijo ella misma más tarde, no puso gran interés en las frases bíblicas. pero sin duda sí ponía fijos sus ojos en aquel pequeño cuenco en el que  aún quedaba algo de leche para el gato. Aunque ,eso sí,sin perder en ningún momento esa su  armonía de siempre consigo misma y con su pobreza.

Y el gato, ya cansado de tanta cita y que parecía haber estado escuchándolo todo, se lanzó a los brazos de la anciana, acurrucó la cabeza en su regazo, como no necesitando otra forma de vida, sino tan sólo su amparo más aleccionador.

 

MOMENTO DE PAZ

 

Son curiosas esas tardes que pasan sin ningún interés, en las que uno no necesita cumplir con nadie ni con nada, en las que  la gente tampoco se aferra a esos momentos que parecen haberse vivido en otro tiempo o en otro lugar. 

Puede parecer muy lógico pensar ,sobre todo a los que le conocían, que en una tarde así  Chano le diera toda la razón a Katherine Mansfield: " Al final, lo único que merece la pena poseer es la verdad". Él, recordando estas palabras de Mansfield, había ido para la cama la noche anterior muy agotado, sin antes cenar o leer algo como solía.

Ahora, al atardecer y en el pequeño jardín,  recordaba el sueño que había tenido. Y volvía a darle toda la razón a Mansfield: no había paz de siempre, sino momentos de paz. En el sueño tenido había mandado a dormir a todas sus preocupaciones y roles, y, pronto, vio cómo sólo le importaba la experiencia y no la palabras, la gente y no la ideologías.

Aquel sueño le había acercado a sí mismo. "Con sólo el amor podrás empezar a ver de nuevo y volver a reconocer la belleza del mundo". Respiraba con hondura.

Y el libro de K. Mansfield, igual que la paz del atardecer, descansaba sobre la hierba, casi invisible en la transparencia de un  sol apacible y único.

 

LA FIESTA DEL PUEBLO

 

El pueblo vecino llevaba ya varios años sin fiesta. Pero ese año parecía que todo el mundo reclamaba su fiesta sacramental. Conforme se iba acercando el mes de julio, en todos los rincones no se hablaba de otra cosa. No podían seguir así las cosas, ni seguir siendo el pueblo  más tercermundista de toda la redonda. Se enteró hasta el alcalde que, cansado de tanto ronroneo y sudando más que nunca, convocó una asamblea inmediata con un único asunto a tratar.

En dicha  asamblea, entre tanto guirigay, el alcalde terminó nombrando a todos los asistentes miembros de la Comisión de Festejos.

- Aquí ya está todo aclarado.-dijo un mozalbete de unos dos metros de estatura-Quien siempre miente, nunca nos engaña.

-Oiga, jovenzuelo-dijo el alcalde,limpiando su sudor con la boína y mirándolo con furia-¿Queréis tener la fiesta en paz? Chaval, y aprende que no hay palabra mal dicha, si no fuera mal interpretada.

 Y no se habló ya más. Salieron todos más enfadados que habían entrado. Sólo el más tonto del pueblo  que los esperaba fuera se atrevió a preguntar:

-¿Habrá ,por fin, fiesta este año?

 

SERENO DESPERTAR

 

Aquella noche me fui para la cama realmente cansado. Había abandonado  por la tarde muchas cosas al desorden, cosa que no era habitual, ni mucho menos, en mí. Pero había pasado un día totalmente en blanco, sin preocuparme por nada. Ahora, por otra parte, la noche cálida de otoño  no invitaba a otra cosa, sino a una inercia total.

Creo que me dormí pronto. Y no sé en qué momento de sueño, tuve  la sensación de que mi cabeza abandonaba el cuerpo, como si en un instante me viera muerto. No tuve tiempo para preocuparme por lo que dejaba sin hacer. Tampoco sentí alguna otra cosa ni me sentí desasosegado en absoluto. Sí que sin pensármelo ,le dije a mi madre:

- Mamá, también yo ya estoy muerto.

-Pero, hijo, abre los ojos.

Al despertarme así de golpe, percibí que había perdido  mi viejo miedo al morir,y que desde entonces hablaría  de la muerte con la mayor serenidad. Aunque, por otra parte, considero que si  aquel sueño hubiese sido real, aquella noche me hubiera quitado ese peso de encima con la mayor  serenidad.

 

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MIÉRCOLES DE CENIZA

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Aquella mañana el niño acompañaba a su madre y a dos vecinas que subían a la catedral. Casi siempre escogían el mismo camino, pero ese día decidieron dar un pequeño rodeo y subir por las escaleras de la vieja estación del Vasco. Dichosa decisión. Tan pronto como se enteró, el niño que tendría unos nueve años, arregló los tirantes y se subió  por encima de las rodillas aquellos pantalones que parecían de su hermano mayor. Y empezó a correr. Se adelantó hasta donde comenzaban las escaleras. Le parecían la mejor entrada que podía tener la ciudad de Oviedo, el lugar ideal para subir contando con rapidez ilusiones. Ya en el primer escalón le esperaban los olores de los pasteles de la confitería Camilo de Blas.

 

Después de pararse un momento a identificar bien los olores, subió las escaleras en un  santiamén. Arriba esperó impaciente a su madre y  a las mujeres que las subían tan despacio. Cuando llegaron ,no les comentó nada de aquellas sensaciones que le habían estimulado a correr. Además, si quisiera explicárselo, lo jorobaría todo sin duda alguna. Al llegar a las cercanías de la confitería y ver los pasteles tan brillantes en el escaparate esperando, comprendió que debía disimular.

 

-  Mamá, por favor, ¿me dejas que os espere aquí?

-  Me temo que no- dijo la vecina Nora-. Hoy es un día para hacer algún sacrificio.

-  Mamá, pero si yo voy a sufrir más aquí que escuchando la música y los cantos en la catedral- respondió sin pensárselo el niño.

-  Quédate, hijo. Pero no molestes a nadie, ni se te ocurra entrar ahí.

 

Había tenido mucha suerte. Podía estar cerca de ellos. Pasaría horas y horas allí sentado cerca de ellos y contando la gente que entraba. Hasta  que una señora se paró ante él y le miró con  ojos de lechuza y como si él estuviera haciendo algo malo. En aquel momento se sintió avergonzado.

No lo entendía: si los enemigos del alma eran el demonio, el mundo y la carne, y no aquellos pasteles.

 

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ADOLESCENTES

Carlos acompañaría a su primo d

La amistad  entre los dos primos estaba garantizada desde hacía ya unos años. E iban preparados a ayudarse y a compartir hasta confidencias que, sin duda, nunca sobrepasarían las fronteras del más sagrado secreto.

Ya en el colegio, una tarde  Chano, su primo, se ofreció a ir a confesar como propio el pecado que él no se atrevía a decirle al cura.

–¿Qué tal? –le preguntó  tan pronto como llegó de la iglesia.

-Tranquilo. Sobre ruedas, todo solucionado –le respondió con la mayor tranquilidad.

Y, en aquellos años, saturados también de envidias y enfados tan infantiles, como es de suponer, no había sin embargo ningún secreto entre ellos .Un domingo que caía la nieve, Carlos pensaba en otras cosas tras el cristal de la ventana. Pero también en que a su primo le castigarían por no ir a misa. Se sintió excitado, pero pronto fue capaz de mantenerse en su decisión. Y se lanzó como un rayo  a llevarle sus botas . Ya podría así pasar la revista que hacían al calzado. Y cuando todos se fueron, se metió debajo de la cama. Los minutos se eternizaron. Nunca una hora se hizo tan larga. Y cuando quiso por la tarde contárselo a su primo, se dio cuenta de lo mucho que aún tenía que aprender de él.

-Pasé toda la misa pensando en ti. Pero, de todos modos, esto no es motivo para que te expulsen,carajo- le respondió.

Se marchaba con sus maletas pensando que nunca olvidaría aquel domingo en el que la nieve caía lenta y con tanta tristeza.Pero el exceso de la más triste oscura mañana puede llevarnos a la luz y claridad de la tarde. De ninguna de las maneras se podía imaginar aquello: Chano , con insólita serenidad y calma, lo esperaba sentado ya en el autobús.

 

 

 

EXTRAÑA PRIMAVERA

 

 

Aquella primavera todo resultó inesperado. Dos niños de la escuela pública habían cogido el tifus, que así se decía entonces. Y a todos los niños los mandaron para casa. Cundió la lógica alarma entre los vecinos. Y a Chano lo mandaron sus padres para con unos familiares en las montañas de León. Allí  pasó  tres meses, para él una eternidad.

Cercano a la casa, el río amenazaba siempre como  desolado y peligroso enemigo. Y una tarde distinta,en la que el sol había salido tarde pero sin revelaciones indeseables, y por encima del pueblo y a su alrededor se cernía un gran círculo anaranjado, Chano salió de la casa para ir a ver a Toñín y a acompañarlo hasta el río.

La tarde anterior había observado en el rostro de Toñín una expresión como de víctima de algo que, sin embargo, no podía descifrar. A pesar de que otro niño del pueblo con cierta malicia le había hablado de Selmo, padre de Toñin y de Sito, el eterno pretendiente de su madre soltera. Pero Chano de ninguna de las maneras podía entender nada de aquellas cosas.

Pero Toñín, antes de llegar a las orillas del río,
inesperadamente se dio media vuelta y desapareció súbitamente por entre los arbustos. Chano se quedó solo y como escuchando fantasmas. Pronto empezaron a latirle las sienes. Fue cuando ya se acercaba a la orilla del río. En un primer lugar creyó que bien pudiera tratarse de una falsa percepción, pero no tuvo más remedio que tropezarse con la realidad. Sobre la hierba se acurrucaban, retorcidos y envueltos en el insaciable verdor, la madre de Toñín y Sito.

¡Ay! ¡Él por aquí venía! ¡Ay! ¡Él por aquí pasaba! ¡Ay! ¡Diga lo que él quería! ¡Ay! ¡Diga lo que él buscaba!


Jamás se atrevió a contarle a nadie todo esto. Pero, aunque hayan pasado tantos años, Toñín sigue desapareciendo entre las aguas del río casi todos las noches. Y Chano volvió a su pueblo, sano pero no salvo de tan triste recuerdo.

 

 

VIEJO MOLINO

 

El viejo molino parecía abrir sus ojos tan sólo para contemplar batallas perdidas. Parecía demasiado viejo como para meterse en pequeñeces, y aún mucho más para entrometerse en aquellas cosas que nadie por entonces se atrevía a comentar. Y bien sabía que los que hablaban mucho ocultaban más. Atendía sólo a las pequeñas historias, como ésta, que le afectaban a su intimidad.

Braulio, el vecino del pueblo a su orilla izquierda del río,tenía hábitos muy personales y, además, no le gustaba la idea de ser confundido. A los pocos meses de llegar de su largo servicio militar al pueblo, ya les había hablado de la manera de superar el temor a los mozos del pueblo a la otra orilla. Y a Rosina, la molinera y del  pueblo de la orilla derecha , le contaba como en una noche de fiesta en el pueblo de más arriba había rajado a siete mozos. Y mientras le hablaba en el molino, Rosina lo miraba de reojo y le aconsejaba un poco de paciencia. Sin embargo, pronto la cameló. Se casaron. Y Rosina a su debido tiempo parió, pero sin darse cuenta. Esto llamó poderosamente la atención. Alguien por su pueblo comentó: “Tenía que haberle hecho por lo menos trillizos”. La gente de su nuevo pueblo también miraba asombrada al verle cargar con semejantes pacas de hierba. Algún vecino llegó a decir que tenía más fuerza que dos yuntas de bueyes.

Pero, unos meses más tarde, llevaron a Braulio para el hospital.En la cama seguía pensando en el maíz aún sin recoger.Había trabajado en los últimos meses más que nunca. Hasta  reventar. Pocos días después, un virus, desconocido para los médicos e ininteligible para él, con una rapidez de vértigo desprogramó toda su fuerza para siempre.

A los pocos días,renegando del pueblo de enfrente, Rosina se encaminaba hacia el molino tanto meses cerrado. No lo hacía como si la vida comenzara de nuevo. Pero en el molino ya no se comentaron muchas cosas más.

El viejo molino parecía llevar ya unos años muy confundido entre tantos murmullos y sombras. Y, como viendo que la razón no lo era todo, llegó  hasta el punto de ya ni interesarle saber quiénes eran los buenos y los malos.

 

 

                    VOLVERmpoco se aferra a los momentos